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Archivo para 17 diciembre, 2023

¿Ha muerto la novela?

Me parece oportuno comenzar esta nota con unas líneas de Milan Kundera sobre la muerte de la novela: “La muerte de la novela no es una idea disparatada. Ya se ha producido y, ahora, ya sabemos cómo se muere la novela. La novela no desaparece; sencillamente se detiene. Después de su muerte sólo nos queda su repetición.” Estas palabras del autor checo no son un mal comienzo para hablar sobre la muerte de la novela. De hecho, podría servirnos como cabo de ovillo para desenredar el embrollo.

Se ha escrito mucho sobre este asunto tan luctuoso; unas voces autorizadas no han dudado en anunciar el aciago sepelio de un género (el género por excelencia de la modernidad), como se publica una esquela fúnebre en un periódico o revista literaria; otras voces, no menos autorizadas, se han mostrado escépticas, y han dado en respuesta sus razones, con argumentos bien hilados, para que los novelistas no caigan en el nihilismo y la dejen morir, ahora sí, de verdad. Eduardo Mendoza escribió un artículo hace algunos años (algo más que algunos años), sobre este asunto; sus conclusiones no eran muy optimista, aunque matizaba su pesimismo sobre el futuro de la novela. Creo recordar que el mismo Vargas Llosa respondió al artículo del autor catalán. Confieso que los argumentos del escritor peruano me parecieron tan razonables como los de Eduardo Mendoza. Para Vargas Llosa, la novela que estaba muerta no era la novela que importaba, la única verdaderamente valiosa para el canon de la novela que él denominaba de sofá, sino la novela de consumo fácil, esa novela como mero producto de mercado a la que llamamos best seller, de importación anglosajona o estadounidense (el anglicismo del término no engaña), y que él llama novela de tumbona. Nunca me ha convencido el autor de La ciudad y los perros cuando se mete a crítico literario, lo que hace con más frecuencia de la que debiera, pero su opinión sobre la muerte de la novela no me parece errada.

Volvamos a la cita de Kundera que sirve de pórtico a mi nota. El autor checo nos advierte que la novela no desaparece; sencillamente se detiene. Y luego concluye que después de su muerte sólo nos queda su repetición. Es decir, siempre habrá novela; pero si la novela no se renueva, se nos muere. Esto es: la novela que se repite es una novela que ya está muerta. La novela para Kundera es siempre renovación, una invención novedosa sin antecedente y que no debe tener descendiente si quiere seguir viva. Para Kundera la novela es siempre subversiva, no se adapta al espíritu de una época porque marca sus propias normas. Así pues, la novela no puede doblegarse a un sistema dictatorial, ya sea una dictadura política o de mercado. La novela exige libertad, y en un mundo (una sociedad) carente de libertad, la novela es como un pez que agoniza fuera del agua del estanque en donde nadaba a sus anchas; sólo en ese estanque, como espejo que refleja el mundo, tiene este pez, que es la novela, toda la libertad que le ofrece la generosa naturaleza. Pero para entender lo que hay de subversivo en la novela es necesario entender primero qué es una novela. Esta afirmación (esta pregunta absurda) parece una estupidez (quizá lo sea), pero sospecho que en un mundo donde tantos lectores (y escritores los más) leen y escriben novelas, muy pocos son los que se preguntan qué cosa es una novela. Así que me veo en la obligación de desarrollar este punto para llegar hasta el otro cabo del ovillo.

En literatura, toda afirmación categórica es temeraria; pero podemos aceptar sin temor a caer en la exageración que la primera novela moderna es nuestro Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes. Harold Bloom quiso convencernos, escribiendo muchas miles de páginas, de que William Shakespeare era el inventor de lo humano, e hizo de toda su obra crítica el pedestal donde depositar y adorar hasta la desmesura la efigie del Bardo de Avon; es una opinión muy respetable, desde luego, pero nada más que una opinión. En cambio, que El Quijote de nuestro Miguel de Cervantes sea la primera novela moderna es Historia de la Literatura; aunque el mundo anglosajón, tan receloso de lo que huela a hispano y a idioma español, prefiera mirar a otro lado, como un Perseo que evita la mirada de la gorgona y que mira a su vez el reflejo de ésta en el dorso de su escudo de bronce. Me atrevo a afirmar un axioma sin riesgo de caer en el disparate: si la literatura moderna es el parto de la novela tal como la entendemos hoy día, quizá Cervantes sea el padre y el origen de la modernidad. Esta afirmación no es del todo mía, lo confieso, y creo haberla leído precisamente en Milan Kundera. ¿Y cómo es El Quijote? Una escritura desatada, la denomina el propio Cervantes. En la novela cabe todo; todos los géneros narrativos; la fábula, el cuento, la leyenda y la épica; en la novela puede estar presente el teatro; la comedia, el drama, la tragedia y la farsa; y hasta la lírica; desde el soneto hasta el poema en prosa. La novela puede contener el ensayo y el diálogo filosófico, y todos los estilos posibles, desde la prosa más llana y castiza hasta la más ostentosa y declamatoria. Nada le es ajeno a la novela. En El Quijote están presente todos los géneros de su tiempo; el libro de caballerías, el libro pastoril, la novela bizantina o de aventuras, la novela picaresca, la novela sentimental y la novela italiana. Todos estos géneros se pueden rastrear en la actualidad. Lo que hace que una novela sea novela es que no tiene forma precisa; es el Proteo de la literatura. Cuando un librero sabe dónde poner el libro entre los anaqueles de su librería sin vacilar, probablemente ese libro no sea una novela de verdad, es decir, una novela moderna. Pero también la novela es la epopeya del antihéroe, el arquetipo encarnado en ese don Quijote que inventó Cervantes, y que nos representa a todos nosotros. El héroe épico y el héroe trágico se perdieron en la bruma hasta que el tiempo los devoró; ya no son posibles en este mundo moderno, y el poema épico y la tragedia quedaron obsoletos hace mucho. Toda escritura que suponga una épica, o una tragedia, está condenada a una literatura reaccionaria, sin continuidad en nuestra modernidad. La novela es una forma de ironía donde el hombre, o la mujer, de nuestro tiempo se enfrenta contra el mundo real para acabar fracasando. La novela es la tumba del héroe antiguo y, a su vez, el vientre en donde se gesta el nuevo “héroe” moderno. Nuestro Aquiles, nuestro Edipo, es don Quijote cargando contra los molinos que cree gigantes y Raskolnikov sintiendo retorcerse en su conciencia la culebra del remordimiento. Antígona o Medea han dejado paso a madame Bovary y a doña Ana Ozores, a Anna Karenina y a Fortunata, en un mundo donde la épica ya no es posible.

El problema de la novela de nuestro tiempo es que los novelistas han olvidado qué cosa es una novela, y se ha vuelto al viejo libro de caballería en su forma más vetusta. Las librerías están atestadas de novela negra, histórica, policíaca, romántica y de ciencia ficción. Un género literario es como un recetario para escribir libros; asumes unas reglas que no debes romper, y de ahí sale un best seller potencial. ¿Qué libertad puede haber en una receta, me pregunto? Si la novela presupone libertad, la escritura desatada de la que hablaba nuestro Cervantes, ¿podríamos llamar novela a estos libros salidos de fábrica? Un género literario bien definido por reglas estrictas es provechoso para la industria editorial; no supone asumir los riesgos que conlleva una novela original, diferente entre las falsas novelas, y que provoca la desconfianza y el rechazo en el lector que busca un lugar seguro y reconocible donde soltar su imaginación y un editor satisfecho de que ese libro industrial tenga infinitos lectores.

Para concluir, si la novela renuncia a su libertad, que es el elemento en donde sólo puede darse la novela y engendrarse en él, la novela estará muerta. Y, como nos advertía el mismo Kundera al principio de esta nota, después de su muerte sólo nos queda su repetición.

Abel Tomás Villalba

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