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Archivo para 26 diciembre, 2023

La debacle en Trafalgar. El héroe del San Juan de Nepomuceno.

Frente a la retahíla de chismes que se han levantado a tenor de la impericia de los buques españoles en el pasado de la historia naval. Los cronistas aciagos –y muy apropiadamente ingleses– supieron reconocer el valor de uno de de los navíos más devastados por la artillería feroz de la Royal Navy. El joven marino que comandaba uno de los buques insignia más poderosos de su época había nacido en el año de nuestra era de mil setecientos sesenta y uno en la aldea guipuzcoana de Motrico. Procedía de una familia noble y estudió medicina en la Universidad de Cervera. Con tan solo quince años había ingresado en la Academia militar de Cádiz graduándose finalmente en Ferrol donde ya había adquirido una fama notable como astrónomo y geógrafo marino. Participó bajo las órdenes del capitán Antonio de Córdova en las exploraciones del Estrecho de Magallanes quien pidió a Churruca –ya teniente de navío– que dibujara las cartas de navegación que dirigían los paquebotes del Santa Casilda y el Santa Bárbara comandados por él mismo. Junto a su compañero de expedición Ciriaco Cevallos hizo un reconocimiento del estrecho en dirección al Océano Pacífico descubriendo una ruta alternativa así como una ensenada que lleva su nombre. Escribió un importante trabajo sobre ello titulado “Apéndice al primer viaje de Magallanes”. En mil setecientos ochenta y nueve fue agregado al Observatorio de la Marina en San Fernando entregándose plenamente al estudio geográfico y matemático. Se embarcó de nuevo en Cádiz y se dio a la vela a bordo de los bergantines Descubridor y Vigilante. Después de cuatro meses de expedición levantó cartas de las Antillas y de las islas de Sotavento y defendió las posesiones españolas en la batalla de la Martinica así como las rutas de comercio de la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas. Se embarcó en La Habana finalmente y regresó a España con el grado de capitán de navío. De nuevo en Cádiz se le confía el mando del El conquistador ya en coalición con la Armada francesa para defender posiciones en el Canal de la Mancha. Con dicho buque hizo una travesía de Cádiz a Brest donde fondeó en agosto de mil setecientos noventa y nueve.

Allí escribió una instrucción militar y espoleó a la disciplina de la armada hispanofrancesa. Permaneció un tiempo en Brest perfeccionando la maniobra de sus navíos y de allí partió en dirección a París con una misión científica. El entonces primer cónsul de la república Napoleón Bonaparte se hizo todo oídos a la fama extensa del joven y destacable sabio marino y lo recibió con el más cauloroso afecto. Redactó por aquella época su “Carta Esférica de las Antillas” adoptada por el gobierno francés junto con las demás que publicó. Bonaparte ordenó presentar por aquel entonces un ejemplar ante el capitán por conducto del prefecto francés al que añadió en prenda un sable de honor –la insignia más respetable del imperio napoleónico–. En noviembre de 1803 se le dio el mando del navío Príncipe de Asturias. Y apenas estaba organizándolo cuando por propio deseo expreso se le transfirió al mando del San Juan de Nepomuceno. Mucho se ha escrito desde entonces sobre la precipitada travesía en Trafalgar y la luctuosa contienda que defraudó la ambiciones de la armada franco-española junto a las aguas de la Bahía de Cádiz. La escuadra concertada por deseo del propio Napoleón se reunió en el puerto de Cádiz y embarcó a todos sus tripulantes con rumbo a la Martinica al mando del pretencioso Jean-Baptiste Villeneuve. Allí se apoderaron del Fuerte y del Peñón del Diamante y apresaron un convoy británico de quince velas. Por aquel entonces fue informado Villeneuve de la presencia de Nelson en las Antillas. Villeneuve -al saber de la presencia de éste- dio por hecho que había dado cumplimento íntegro a su empresa -que no era otra que atraer a los navíos británicos a las costas antillanas- y partió con toda presteza en sentido contrario, hacia el este, en dirección a Finisterre. Allí hubo de encontrarse con la escuadra del almirante Calder con la que entabló combate precipitando un primer fracaso naval por la desidia y mala gestión del comandante de la escuadra combinada. De allí la flota maltrecha partió hacia del puerto de la Coruña y desde este útimo –desoyendo las propias órdenes de Napoleón y el consejo de sus oficiales Gravina, Churruca y Alcalá Galiano– hasta las aguas de la ensenada de Cádiz. La noticia hubo de llegar a oídos de Bonaparte quien sentenció: “Los españoles han luchado como leones pero de su almirante sólo se han oído denuestos”. Antes de arribar a cabo Trafalgar escribió Churruca a su hermano en octubre del mismo año advirtiéndole del presentimiento de su precipitada muerte.

Las manejables galeras inglesas diseñaban una táctica que en las academias navales se conoce como T cruzada. En símil podría decirse que la táctica inglesa consistió, básicamente, en cercar a los pesados navíos españoles con flotillas de seis a siete galeras que disponían fuego a discreción hasta hacerlos sucumbir destrozados por la munición de los cañones ingleses. Villeneuve se había retirado de la formación con un buen número de sus naves en dirección a la costa italiana dejando a su buena suerte y a la pericia de sus lugartenientes –el almirante siciliano Gravina y un jovencísimo ya brigadier Cosme Damián Churruca– el gobierno de las naves restantes. La ferocidad del asedió hacia la nave que comandaba Churruca –el San Juan de Nepomuceno– hubo de ser tan tenaz que sus propios oficiales suplicaron al joven brigadier que parara aquel asedio sangriento claudicando la insignia que colgaba del palo mayor del navío. Segundos después una bala de cañón asestó un duro golpe deslizándose sobre la cubierta y seccionándole una pierna completa. El brigadier -casi exánime- ordenó acercar un barril de harina de la bodega del navío y embutió a toda prisa la pierna seccionada dentro de ella mientras gritaba con fuerza a los suyos: ¡Que no se arríe la bandera!

Poco después cayó desvanecido sobre cubierta perdiendo el conocimiento. El San Juan se rindió al instante y el fuego de la contienda se detuvo ante la propia admiración de los ingleses. Horatio Nelson murió en la propia contienda entonando una sentencia laudatoria en honor de su amada Inglaterra. Las naves fenecidas que no se hundieron –entre ellas el San Juan de Nepomuceno– fueron remolcadas hasta Gibraltar. El San Juan fue conservado y expuesto durante muchos años. En la cámara del comandante se colocó una lápida de mármol con el nombre de Cosme Damián Churruca y Elorza, brigadier de la Real Armada Española, muerto a flote del navío de su mando, dos baterías y setenta y cuatro cañones del San Juan de Nepomuceno. Un oficial de la armada inglesa exigía a los visitantes que se descubrieran para poder visitarla. Rezaba la leyenda:

A la memoria

del brigadier de la Armada Cosme Damián Churruca. Muerto gloriosamente sobre el navío de su mando “San Juan Nepomuceno” en el combate de Trafalgar.

Veintiuno de octubre de mil ochocientos cinco.

Barroso-Villacampa.

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