Hace relativamente pocos días quedé gratamente sorprendido por la coincidencia temática de la trama de un relato de Anna y otro que yo mismo –servidor– redacté hace ya unos cuantos años. En el caso de otro autor inoportunamente posterior al mío que titulé como tal vez algunos de vosotros ya sabéis “Doctor Fausto”. Del signatario novelista -al que tildé de inoportunamente posterior– sólo hallé una escueta sinopsis de una novela suya titulada muy casualmente como “Doctor Zibelius”. Mi relato era un relato de tesis –como son la mayoría de mis relatos fantásticos– no obstante hice tabula rasa frente a la abrumadora coincidencia de las propuestas de mi narración y las del citado autor. No me sucede igual con Anna Starobinets que plantea elegantemente una narrativa coincidente con el concepto más genuino de mi relato y lo trata de una manera muy original. La idea central que sujeta ambas narraciones se muestra muy sugerente. En mi relato –Fausto– es un pretencioso y abrumador médico sociópata que sueña –como no podía ser de otro modo– con recuperar la juventud perdida y abrogarse el derecho a vivir eternamente. ¿Cómo? Arrebatando como un vampiro sediento de nueva vida el cuerpo ya inmortal de otro joven al que poder trasladar su aliento vital y de ese modo prolongar su juventud. En Delicados pastos de Anna Starobinets -cuento que da título a la colección- un joven reo narra en primera persona como él y su novia esperan en el corredor de la muerte. Sus mentes han sido digitalizadas y ambos confiaban en poder depositarlas en un cuerpo nuevo que estaban pagando. El relato analiza la diferencia social entre los ricos y poderosos y las clases sociales más humildes. La visión en sí de trasladar el cerebro a un cuerpo joven es tan cotidiana en nuestros días como discutidamente perversa a colación de los hechos tan mediáticos acaecidos con el dotore tenebrosus Sergio Cañavero y su socio y coadjutor chino Ren Xiaoping y el proyecto sospechosamente transgresor de ambos de ejecutar el primer trasplante de cerebro en humanos y de cuya continuidad nada se sabe. No al menos más acá de las exiguas fronteras del gobierno Chino, pero esto da tema para otra historia. ¿Qué puede decirnos una autora de matiz tan apasionado como fantástico a tenor de los hechos que están sucediendo en la actual Rusia de Putin? Ella misma es una exilada. Vive en Georgia adónde acudieron muchos ciudadanos rusos para evitar que se les trasladara forzosamente a filas. Perseguida en su propio país al que dio portazo definitivo al comienzo de la guerra con Ucrania. Uno de los motivos principales de su exilio es la homofobia reinante, según sus palabras, en la Rusia del gobierno de Putin que ha causado revuelos con uno de sus últimos escritos.
Con Delicados pastos ya ha removido los cimientos de la distopía moderna y no es la única. La colección de cuentos La glándula de Ícaro ha provocado una reacción similar en su Rusia natal. A la autora consagrada del género de distopía ruso –que ya ha recibido el European Utopial Awords conocido brevemente en nuestro contexto narrativo como Utopiales– la tratan exiguamente como inadecuadamente molesta y sus colegas del género no aceptan la cuña incisiva que esta autora ha dejado a día de hoy en la literatura fantástica de su país considerada en todos los sentidos por sus paisanos como literatura de hombres. Los haters en redes no le faltan. Pero la joven Starobinets que nació entre las proclamas territoriales de la vieja Unión Soviética y evoca con nostalgia las polvorientas estanterías de la biblioteca de Turgenev tiene una carrera tan consolidada como otros autores y autoras recurrentes del género que se vuelve muy clasificable al estilo extravagante y futurista de la vertiente distópica y que por alguna razón que se me escapa se hace más permeable al gusto femenino. A mi me parece ver en ella la marca ambiciosa de Ursula K. Leguin y hasta si me apuráis de nuestra paisana Laura Gallego pero esa es otra historia y debe ser contada en otro lugar.
Barroso-Villacampa.






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